El problema es
volver del fin del mundo
sin una buena respuesta que darte,
no saber a quién olvidar primero,
ni si perdonar nos hace más débiles.
El conflicto
es la incapacidad para entender el movimiento de las mareas,
las migraciones de los pájaros
y los sedimentos en la cuenca del río.
El riesgo
es el otoño que llega con retraso,
los nudos imposibles de deshacer
los abrazos que se eternizan
y todas esas pavesas empiezan a convertirse
en esta fina lluvia que te moja despacio,
como alfileres diminutos sobre tu corazón.
Nunca aprenderemos a colocarnos a favor del viento, ni veremos a nuestro equipo ganar el campeonato. Puede que todas las oportunidades pasen de largo ante nuestra puerta, como si visitáramos un museo vacío; pero jamás perderemos todo lo que ya nos pertenece. Tenemos las certezas y los teléfonos rojos, las escaleras de incendios y un cajón repleto de conciertos. Así que antes de echar sal sobre la tierra quemada, piensa por un momento cómo sería todo sin aquel instante inicial, nuestro propio big bang. Sin esa forma de mirar que aprendimos con el tiempo y la práctica. Cambiaremos las reglas del juego si es lo que prefieres, pero los puentes entre tú y yo han soportado demasiadas lluvias. Porque nada dorado dura para siempre.
Estarás ardiendo en cualquier esquina, como la mariposa que se enamoró de la cerilla, mientras yo despierto en el punto más alejado de ti y siento cómo me atraviesan las palabras adecuadas. Son demasiados intentos de fuga frustrados; y nos acostumbramos extrañamente a olvidar, caer y volver a levantarnos sin mirar con quién habíamos tropezado. Nunca nos salieron las cuentas, y cada vez que te acercabas yo me volvía hacia dentro. Un día me cansé de correr y decidí sentarme a contar las flores; tardaste tres semanas en darte cuenta de que no estaba a tu lado y volver. Ahora eres tú la que ha decidido cerrar todas las escotillas, apagar los motores y quedarte en silencio hasta que el enemigo se despiste y pase de largo. Mi corazón es un engranaje tan oxidado que se ha vuelto incapaz de bombear; el tuyo es un montón de cables que sólo se conectan entre sí. No sé qué ocurrirá con nosotros cuando llegue la primavera, pero tras el incendio no va a quedar piedra sobre piedra.
Cántame una canción de tren. De ésas en las que pareces escuchar la lluvia rebotando fuerte sobre la chapa del furgón, y son tan reales que serías capaz de dibujar las vías, persiguiendo la luna en mitad de la madrugada. Cierras los ojos y vuelves a ser una niña, frágil, vulnerable. Tal vez nunca deberías cerrar los ojos en presencia de ciertos hombres. Dime lo que pretendes encontrar y puede que invente algún sitio por el que empezar a buscarlo, intentaré que sea lo suficientemente lejos y no tengamos motivos para echarnos de menos. Mientras juegas a despeinarme tratamos de decidir en silencio quién es el culpable, quién debe hacer el esfuerzo por mantener esta historia en pie; pero lo más terrible fue haber añadido todas esas palabras a nuestro diccionario: esfuerzo, flote, sacrificio. Sé que nunca te gustaron los finales tristes ni la última hoja de los calendarios; siempre preferías abandonar la sala a oscuras, con la pantalla iluminando tu pelo, sonreír al pisar la calle y mezclarte con los asistentes al desfile. Ahora tú estás pensando en escapar de aquí con las primeras luces y yo también; el blanco y negro acabó por consumirnos casi sin darnos cuenta, y los engranajes simplemente se oxidaron y dejaron de funcionar. Lo único que nos mantiene atados la certeza helada de que, aunque tomemos caminos opuestos, es inevitable que nos volvamos a cruzar.
haciéndome sentir como el peor lanzador de cuchillos del mundo, mientras se deshilacha el inventario de las oportunidades que cayeron por la borda cuando se desató la tempestad. Todas las mañanas se vuelven trampa en cuanto doblo tu esquina, y ya no quedan mapas del tesoro que consigan alejarse de tu reflejo distorsionado. Como si en la puerta de cada bar me encontrara tu fantasma, encendiéndote un cigarrillo con ese gesto tan propio en un intento furtivo por atrapar la luz de tus ojos. Alcanzaré la costa al amanecer, echando al fuego todos los restos de temporada: los poemas del hierro y del vino, aquellas chicas que bailaban y reían esperando a que nos acercáramos. Calmé mi sed con tus lágrimas de papel, pero cuando te busqué para darte las gracias ya te habías enterrado en una historia de ésas que me solías contar. Estoy contra las cuerdas y ni siquiera ha empezado el combate.
Es un lamento antiguo, de dos mil años, largo y lento como si la tierra bostezara; se despereza invadiendo mares y generando enormes olas a su paso, ululando su pena innombrable. Todos se estremecen cuando lo escuchan, como una puerta que se abre y deja entrever la soledad lúcida de una sabiduría más vieja que el propio mundo. Al cerrar los ojos la carretera desaparece, y sólo queda el sonido reverberando en todas partes. La niebla nos envuelve el corazón, acariciándonos por dentro, y el vals nos mece de un lado a otro con un murmullo imposible de imitar. No hay manera de escapar, respiramos esta música porque forma parte de nuestro código genético. Y sin decir una palabra nos cuenta historias de noches eternas, cuando no había nada, tan sólo estrellas en el cielo y rocas en el desierto. Es la música que permite que los pulmones de un recién nacido empiecen a funcionar de manera inconsciente. Y no nos abandona, no dejamos de escucharla ni un solo momento, hasta que los latidos van disminuyendo su frecuencia, en un fade out suave que se funde en el silencio. Como la caravana de gitanos se aleja del pueblo, y su música se desvanece lentamente en el viento del sur.
Desde mi mesa junto a la ventana del restaurante la veo cruzar la calle. Lleva un enorme sombrero y su pelo moreno cae suelto sobre los hombros mientras apura un cigarrillo. Camina decidida entre los coches y la gente, y nada de lo que la rodea puede rozarla, es una criatura extraña que nada tiene que ver con cualquiera de nosotros. No tengo claro hacia dónde se dirige, creo que ni ella misma lo sabe. Yo dejo de ordenar mis cerillas usadas, cojo el abrigo y pido la cuenta, pero cuando salgo no queda ningún rastro del ángel: sólo leones rojos y pájaros de fuego atrapados en una tormenta eléctrica. Al alejarme y notar como su recuerdo va habitando los huecos, creciendo y transformándose en pasado, pienso, sólo al dejar de apostar puedes perder la partida.
Soy el viento que desordena las líneas atravesando tu camiseta, sobrevolando tus ganas de sonreírle al amanecer. El rastro casi borrado de una cicatriz de cuando eras una niña; un corte casi imperceptible sobre tu ceja izquierda. Estudio la accidentada orografía de tus valles y cordilleras, las zonas dulces y saladas que van dibujando el cauce de la vida a través de tus arterias. Todo lo capturas y almacenas, todo te hace crecer y después abres las puertas y sales al mundo, le cuentas todos los secretos del mercurio con tu voz de luna en una liturgia lenta, desde el centro mismo del poema. Cuando estamos juntos destensamos la soga del tiempo y todos los colores se vuelven llama que acaricia las piedras heladas. Te pronuncio y por fin aprendo a leer las huellas del camino que vamos dejando atrás.
Los peces amaestrados nos miran con asombro fingido desde el fondo del estanque, y la última luz de la tarde nos permite observar el ritmo lento con el que los pájaros se entretienen para no llegar nunca a tiempo. Recorremos el laberinto de dentro hacia fuera, contando los pasos en un juego inventado sobre la marcha. Los chicos sonríen y preguntan por el líquido de las botellas que hay en la estantería más alta. Los ángeles quieren utilizar tus zapatos rojos y las tazas de café descansan junto a las libretas de colores; algunas de ellas están vacías y otras guardan tesoros y vidas aún sin estrenar. La hierba recién cortada dibuja líneas sobre la palma de tu mano, y una hoja seca cae entre nosotros junto a la balaustrada. También hay una chica con los ojos más verdes del mundo, y el plano arrugado de una ciudad junto al mar. Son pequeñas instantáneas, algo así como recortes de revistas en una peluquería llena de ruido, una escena de cine mudo proyectada en el tambor de una lavadora. La lluvia y el sol te harán sentir cualquier cosa que les pidas, o nada en absoluto, si es lo que deseas. Y ninguna emoción tiene vida propia, sólo nosotros podemos hacer que el tiempo que compartimos merezca la pena. Así que nada de malas caras, porque ningún momento podrá intentar parecerse a éste.
Te acercas con la intención de pedirme un nuevo salto mortal, pero ya no puedo: estoy demasiado lejos del alambre y sólo te ofrezco palabras sueltas, en caída libre. Mientras tus manos arden despacio, como un sol de medianoche. No me había fijado hasta hace un momento, pero hay papeles firmados en todos los rincones de tu beso panorámico. Más tarde, la oscuridad de un taxi a las cuatro de la madrugada, en el camino de vuelta hacia un territorio completamente nuevo y desconocido, las calles fugaces y los semáforos como una tregua. Una media sonrisa que se dibuja sobre el mantel, las sombras chinescas de tus manos al pronunciar los verbos más ocultos. Y en el último acto amaneces apoyada en la ventana, observándome, ajena al ruido de la calle y la vida latiendo ahí fuera. Es entonces cuando siento algo que tal vez pudiera transmitirte: girar en torno a ti nunca es hogar, sino flores marchitándose en un cenicero que se aleja a la deriva.
Siempre guardo una bala en la recámara; como la tabla que siempre encuentra el náufrago y a la que se agarra poniendo todas sus esperanzas en ella. Y aunque lo intento, no hay combinación de palabras que consiga rozarte, siempre me quedo a unos centímetros de ti, y tengo que limitarme a contemplarte eléctrica y luminosa al otro lado. Pero al menos sé que estás, que la marea no se llevará lo compartido; viniste una vez y fue para quedarte. Tú sonriendo con el cuentacuentos, yo sintiéndome un poco como si fuera un caballero andante en una leyenda con final feliz y un dibujo cada tres páginas. Repaso cada fuego que prendimos y me entretengo en escribir nuestra historia en las paredes, en el suelo. Aquí la música también tiene algo de lazo, y aún me estremezco al imaginarte detenida en el estribillo de todas las canciones con las que desayunamos aquella mañana de sábado, antes de bajar las escaleras de la estación. La guitarra que no toqué, la vida entrevista a través de un filtro verde y otro rojo. Ahora ha pasado el tiempo y recorro tus letras con la misma intensidad: los silencios entre nosotros son sólo pausas para tomar aire y volver a reír a carcajadas.
No te habrás dado cuenta, pero
resonamos por las calles empapadas
horas después de habernos desvanecido
y dibujamos un mapa improbable de abrazos
en cada esquina mal iluminada
como los lunares de tu espalda bajo la luna
tejiendo la lenta armonía de los besos
esperando que en cualquier momento
algo ocurra, no sabemos muy bien qué
y creemos de la nada un universo de bolsillo
tras haber buscado sin éxito una salida de emergencia
será entonces cuando no necesitemos las palabras
no tendré que invocarte para que aparezcas
y nunca volveré a caminar por el filo
de vuelta a casa
La princesa por un día baila a metro y medio de distancia. Estamos solos en el bar, la luz es lo suficientemente tenue, y el camarero friega distraído un vaso mientras mira de reojo el espectáculo. Yo estoy sentado en un taburete junto a la barra y la última copa empieza a quedar demasiado lejos. Supongo que debo de tener una expresión ridícula, pero no deseo estar en ningún otro lugar. Venir a este sitio ha sido idea suya; mientras pagábamos el café me dijo simplemente “me apetece quedarme”. Yo en aquel momento no sabía muy bien a qué se refería, todavía no lo tengo del todo claro. Pero estaba preciosa con el pelo cayéndole sobre la cara de forma estudiada y casual, y llevaba las uñas de los pies pintadas a juego con sus ojos. Más tarde me contó que había tardado media mañana en hacerlo, y me sonrió, las manos extendidas sobre la mesa. Esa clase de cosas siempre me desarman, y ahora estando a su lado y mirándola mientras se mece me siento descender por un camino desconocido, sin tener muy claro qué voy a encontrar al otro lado. La princesa por un día se ha olvidado de todo lo demás y se limita a sentir la música como si fuera electricidad estática, la atraviesa y juega con su pelo. Por un instante parece volver a nuestro mundo, aterriza suave y me hace partícipe de la situación con un gesto. El tiempo es elástico y parece haberse detenido, ahora sólo necesito que la canción no termine nunca.
Supongo que me gustaría conocer el nombre de la princesa, poder compartir un segundo día a su lado. Tal vez llamarla por teléfono, ser consciente de que está ahí, cerca. Pero sé que los hechizos se deshacen como dibujos en la arena; así que disfrutaré del momento antes de que se evapore.
Nunca me voy del todo, siempre permanezco cerca, como los extintores en los centros comerciales atestados de gente y con el aire acondicionado funcionando a máxima potencia. Sencillamente no puedo alejarme lo suficiente como para considerarte un punto más en el universo, tal vez porque eres una especie de sol infinito y extraño en torno al cual las órbitas se hacen cada vez más reducidas. Y también se acortan las distancias temporales, sin dejar de pensarte y de dibujarte si no estás, para empezar a echarte de menos cuando aún no te has marchado. Tejemos nuestra propia tela de araña con vistas al museo y el puente de La Salve, convencidos de que éste es el camino correcto, ésta es la música que debería sonar para siempre en cada uno nuestros abrazos. Tres pasos más y ya estamos bailando, yo siempre tan torpe, y tú flotando delicadamente entre los versos. Con la duda todavía sin resolver, un viaje largo en metro y las gaviotas sobrevolando la Gran Vía. Pequeños fragmentos que si se colocan en el orden adecuado forman un hilo invisible; ese hilo que une las yemas de mis dedos con el valle de tu clavícula derecha. Por eso nunca puedo irme del todo.
Pretendes recorrer la senda de los elefantes sobre tu bicicleta nueva mientras mi única aspiración es alquilar un rincón a la sombra de tus rodillas, con vistas al mar y servicio de habitaciones. Jugamos a perseguirnos en un inmenso océano de tres metros cuadrados, y nuestra sed sólo se calma cuando la luz del sol viene a visitarnos. En el despertador todavía resuenan acordes del pasado, pero cada vez tiene menos sentido mantener el fuego encendido, casi todo lo que fui se redujo a cenizas en el incendio. Luego toca el olor a café y jabón, seguir viviendo, aunque a veces la vida es el intervalo de tiempo entre dos besos tuyos. Pequeñas muertes fugaces y eternas. Aliméntame de vez en cuando, llévame secuestrado a tu jardín. Prometo contarte mil y un cuentos mientras vemos crecer las flores a nuestro alrededor.